sábado 24 de octubre de 2009

SALTO SOBRE EL VACIO (O EL CUENTO DE LA NOSTALGIA)

El otro día, mi mujer y yo, nos pusimos a hablar de la nostalgia porque el asunto aún no nos quedaba bien claro. Aquella noche veíamos videos en Internet y nos emocionamos ante los rostros de los personajes que hicieron delicia en nuestra infancia. Allí, a través de YouTube, descubrimos fragmentos de programas de finales de los setenta y de los ochenta. Entonces vivíamos en Cuba. Sí, mi mujer y yo somos cubanos. Y hace unos años vivimos en Montréal; esta ciudad mitad francesa, mitad inglesa, mitad latina, mitad de otras mitades de mitades de medio universo; y aquí recordamos lo que fuimos, y hablamos de lo que hoy somos.

En aquel Tercer Mundo tuvimos la quintaesencia del Socialismo en pleno Caribe. Nos educamos, crecimos, y mucho después nos marchamos de aquella patria que hoy recordamos con una desorbitación que me llena los ojos de agua, de lágrimas quise decir. Y no es que me preocupe si dejamos un país hermoso con su azul o su eterno verano, porque si salimos de allí fue para estar mejor y no vernos en la miseria del pan al día y el apagón de largas noches que se hacían inefables, o turbulentas hasta el incordio. Aunque, aclaro, a la luz de los mechones, o lo que se resolvía para alumbrarnos, nos reuníamos a conversar un poco o a tocar rumba de cajón, “y maldecir con justo encono…”

Salimos de Cuba porque nos mataba el hambre de los noventa y la gente se iba a mares, ¡por mar claro está! Y nosotros nos fuimos porque se nos presentó la oportunidad (por separado), y la aprovechamos (por separado).

Ella vino primero. Llegó con un grupo bailarines a dar una gira. Pero en cuanto el grupo pisó tierra nevada, muchos solicitaron refugio. Y ella, claro está, no se quedó atrás. Hubo un juicio y al año le dieron su residencia.

Yo llegué un poco después gracias a una beca de investigación; y como lo tenía bien claro: “para atrás ni para coger impulso”, también me quedé. Pocos meses después nos conocimos en el “Cubano’s Club”. Ella estaba en la barra, y al entrar lo primero que divisé fue su espalda que dejaba desnuda usando aquel vestido que la hacía fenomenalmente arrebatadora. De ahí en lo adelante comenzamos a vernos hasta que decidimos vivir juntos.

Pero no fue esa noche la que del problema, sino aquella cuando nos dio por discutir porque eso de la nostalgia no quedaba claro. Y en su desolación quizás se sentía confundida, atolondrada, por eso, quizás, en cuanto le expuse mis ideas comenzó a ofenderme porque, al parecer, creía que mi intención era arremeter contra el país. Te digo, se me paró delante, con las manos en jarras, y me dijo:

—¡Lo que pasa es que tú odias la tierra que te vio nacer!

Fue cursi y sentimental y hasta violenta en su tono y sus gestos.

—Si estoy aquí no es porque no quiera a Cuba sino porque en Cuba la cosa esta mala y ya no podíamos hacer mucho para sobrevivir, y lo que nos quedaba era morirnos de hambre o coger una lancha y largarnos de allí —le dije.

—Pero dime algo, ¿es que aquí estamos mejor? —me preguntó indignada, como si quisiera abalanzarse sobre mí.

—!Al menos tenemos Derecho al Internet! Míranos ahora embobecido con esos videos…

—¡Pero nos falta la familia!

—¡Allá no hay quien viva y el que vive no hace más que repetir que quiere irse!

—¡No todo el mundo piensa igual!

—¡Seguro que no!

—¡Hay que defenderla!

—¡Yo la defiendo!

—¡Aquí nos explotan!

—¡Allá vivíamos al explotar!

—¡Pero nos pagaban un salario y casi no hacíamos nada!

—¡Por eso que el país no avanza! ¡Por eso es que no hay desarrollo!

—¡Aquí te pagan por horas y a veces ni hay horas suficientes y a veces es mejor tener dos o tres trabajos para pagar la renta!

—¡Pero vivimos bien!

—¡Como dos inmigrantes!

—¡Pero vivimos!

—¡Sí, hartos de tanta nieve! ¡Mira, yo estoy cansada de tanta nieve, y hasta del individualismo! Al menos en La Habana todo el mundo me conocía. Si alguien preguntaba por mí, enseguida decían: “422, sexto piso, la segunda puerta a la derecha.” Y la vecina nos cuidaba el casa cuando no estábamos, porque aquella zona era conflictiva y siempre habían robos… Éramos muy unidos.

—¿Quieres volver al colectivismo? Mira que eso termina en promiscuidad y luego tienes a todo el mundo husmeando en tu vida. ¡Sinceramente, creo que eso de crear seres socialmente útiles te ha afectado mucho!

—¡Aquí todos viven preocupados por el dinero, por lo que les pertenece, y a nadie le importa el vecino! IEgoístas qué son todos!

—¡La propiedad privada es importante, por esa vía se llega al desarrollo! ¡La vida es productividad! ¡Qué cada cual se ocupe de lo suyo!

—¡Estás hecho un capitalista de mierda, no me lo esperaba de ti!

—De mí se puede esperar cualquier cosa. He aprendido a saltar de un país a otro y de un sistema a otro… ¡Y aquí sigo, vivito y coleando!

—¿Pero y la nostalgia, Fernando? ¿Y la nostalgia?

Hubo un hueco en nuestras miradas, un vacío que duró unos pocos minutos pero que a mí me resultaron horas. Parecía que cientos de imágenes se cruzaban en mi camino: la casa familiar, los amigos, el barrio, las caras de cientos de conocidos amontonándose como en una manada hambrienta y pestilente.

—En definitiva, Elizabeth —salté—, ni tú ni yo podemos dar marcha atrás. Al menos escapamos de la catástrofe y aquí echaremos raíces.

Gritó cuatro malas palabras, dijo que ella no pensaba echar nada, ni raíces ni ramas. Y apagó la computadora y se sentó en el sofá, y percibimos los olores mezclados de nuestras comidas, y el vaho que se acumulaba en aquel espacio reducidos en donde logramos sobrevivir de invierno en invierno contemplando, a veces, la nieve en los cristales de la ventana, y a rato alegrándonos con una botella de vino tinto producido en Australia o en Francia.

Ya un rato más tarde, cuando estuvo más calmada, nos preguntamos qué hacíamos en un país tan frío cuando en el nuestro el sol nos daba de lleno en la cara todo el año. Entonces, el silencio ascendió entre los dos y nos miramos buscando la respuesta en medio de aquel mar suspendido como una cuerda que había que pasar de un extremo a otro, cuidando no caer, de no morir en ese hueco infinito llamado nostalgia...


(En la foto: ventana al mar, foto tomada en La Habana por el antropólogo P.S. Brotherton, 2005)

sábado 10 de octubre de 2009

ESPERANDO EL DÍA DEL PAVO

Tendremos las fiestas por La Acción de Gracias con la familia y los amigos a la mesa. Es la costumbre, la tradición. Pero, ¿cómo celebrar “el día del pavo” sin mi familia? Evidentemente no estarán conmigo para darle un resquicio de totalitaria satisfacción al día, por lo que todo dependerá de otro estado de ánimo que, espero, sea bendecido por los amigos que acompañarán a la hora de cercenar la carne, mientras los candiles, porque de seguro habrán, irán chorreando su esperma a lo largo de la noche. De ahí que pueda decir: “bendito mundo, bendita cena que me permite mostrar que, que aunque no todo es perfecto, se busca la perfección hacia todas las latitudes”.

Sin embargo, ese dejo de insatisfacción saltará en algún momento porque la familia, dividida, no tiene ni la más remota idea de lo que significa devorarse un pavo el segundo lunes de octubre de cada año. Pero, ojo, más que dejarse llevar por la voracidad de la gula, que respeto a su medida, me acerco con el mejor de los pretextos a festejar el Thankgiving Day, porque es otra de las oportunidades que nos ofrece “el año”, de igual modo digo: “la vida”, para juntarnos, vernos las caras, hablar, dialogar, cena de por medio, vino, e huir un rato de la rutina, los monótonos días de trabajo, diferenciar un día del otro.

Ya conozco del sabor de esas noches. ¡Si la vieja supiera qué es un buen pavo al horno! ¡Hace cuánto no la veo…! , me digo, y a ratos, ya sé, saltaré de la meditación para bajar el bocado con el vino e incorporarme a la charla sobre el otoño, la renta, los impuestos, la crisis económica, el Premio a Obama, this Nobel Peace Prize 2009, y la vida que urge más cambios, más Paz, más tolerancia, menos cobro de dinero por un pasaporte cubano para volver a ver a los míos, a los viejos, a los que no conocen aún del sabor de un día de Acción de Gracias.

(En la foto: el pavo que no he tenido aún)

sábado 3 de octubre de 2009

DE LA AMBIGÜEDAD DE LA PALABRA (DE LO QUE FUI, DE LO QUE FUIMOS)

Nunca olvidaré aquella frase espetada como una daga. Estaba yo de pie, ante el buró del jefe de la redacción, y hacía poco había conseguido entrar en la emisora. Aquella oficina estrecha, arquitectónicamente hablando, no tenía ventana, muchos menos algún elemento decorativo. Allí la luz del día nunca llegaba, por lo que siempre vi aquellas lámparas fluorescentes encendidas.

Aquel día, sobre el buró, advertí papeles amontonados, cintas con programas radiales y que necesitaban ser chequeados antes de ser trasmitidos. Por aquel tiempo había palabras que no se podían mencionar. Y recuerdo una: “barba”, que fue eliminada de un guión porque, en la oración dada, el vocablo resultaba comprometedor.

Los dirigentes, los jefes, y los subalternos, se cuidaban demasiado la espalda, conservaban inmaculados su prestigios en todo el instituto. El jefe que por aquel entonces tuvo la redacción era un conservador que hacía que la radio no saliera de su estilo antediluviano. Él conseguía de cualquier forma que la orden se cumpliera a pie del cañón.

Al poco tiempo de estar escribiendo, le presenté a aquel jefe un proyecto radial. Con objetivos, temas, y todo un perfil detallado, le hice saber que deseaba escribir un programa para los jóvenes, y que saldría al aire en el espacio de la tarde. Pero, algo escribí allí que lo puso a pensar demasiado.

Entonces yo no tenía la noción exacta del peligro de la palabra. Claro, una palabra mal dicha te da mala imagen. Pero jamás pensé que un simple título podía desencadenar un conflicto interno. Jamás mi intención fue la de desestabilizar el orden. Sólo quería seguir escribiendo y en mi ingenuidad, estuvo la desconfianza.

Supuse que a la hora en que se trasmitiría habría una calma en las barriadas, e imaginé una música estridente al inicio, efectos sonoros, y una voz fuerte que anunciaría: “Llegó la hora de… ¡Romper en el silencio!”, y entonces explotaban vidrios y salían cohetes disparados desde la máquina del sonidista.

¡Mierda!, el jefe de la redacción me hizo llamar a su estrecha oficina, ahora hablando ideológicamente, para espetarme con el ceño fruncido, los labios apretados, aquello que me llegó como una daga, como un porrazo inesperado en medio de mi pasión por escribir, en medio de mis deseos de no quedarme fuera de la emisora y seguir allí, trabajando según las reglas, el orden, el estilo que sabía no podía quebrar.

—Ven acá, chico, ¿qué silencio es el que tú quieres romper? —me dijo con cara de perro e imaginé la baba saliéndole por un costado de la boca medio abierta.

Lo miré, miré el proyecto sobre el buró, miré las paredes blancas de aquella oficina estrecha sin ventana ni decoración alguna. Me señaló con un dedo, me dijo redondamente que el proyecto no servía, que hiciera otro. Pero bien sabía que ni el estilo, ni las frases hechas podrían ser modificadas. Había que seguir por la línea, recto hasta el final, sin desviaciones ni ambigüedades. Lo que pasó después, fue un acto de decepción y reflexión sobre mis textos radiales. Bueno o malos, ambiguos o peligrosos, no sé bien, fueron invocándome a seguir como un perro con el rabo entre las patas.

Y hoy me digo: qué ingenuo fui, ¿qué silencio podría romper? Ni idea. No me pasó jamás por la cabeza. Pero lo cierto es que ese día, definitivamente, comprendía del valor, y sobre todo, de la peligrosidad a la que muchas veces te arrastran las palabras.

(En la foto: hoja rasgada, 2009)

sábado 19 de septiembre de 2009

SEÑORAS Y SEÑORES: ¡LA LUPE! (BREVE TRIBULACIÓN AL ARTE DEL DESENFRENO)

De dónde te viene el fuego, la pasión que desbordas y nada te ata; y hasta te desarmas al cantar, porque eres dueña de la escena y nada en ti te impide sacarte el diablo del cuerpo, echarlo fuera y rumbear como una legítima oriental cubana. Nada te impide ser tu imagen aferrada a la canción, a la furor que se deja hervir hasta cuando bailas y provocas al conductor del show, y te sales con las tuyas; y qué te importa que te digan loca, esquizofrénica, arrebatada del coco, mujer al borde de un ataque de nervios, qué te importa que te miren sacándote los zapatos, los collares, porque tu naciste para el drama, para darle en la cabeza a tu público, aferrarte a la cortina y gemiquear con gracia, con desatino, y no ser más la maestra del pueblito santiaguero, y no ser más la hijastra de quien se burlaba de tu canto español para decirte: ¡quién ha visto una negra cantando como Lola Flores! Pero, yo digo: quien ha visto a Yiyiyi, sabe que la negra pudo cantar en La Corte Suprema del Arte, y más tarde en el club La Red ante Hemingway, y Jean Paul Sastre, y Tenesse Williams, y Marlon Brando. Y fuiste turbia hasta el escándalo, y formaste parte de una sociedad de gente supuestamente modelo; modelo de mentira, modelo de decencia disfrazada de desparpajo entre telones, Puro Teatro, y por eso te largaste. Tú bebiste un sorbo de alcohol, entonces vedado, y te fuiste a México; y allí la supuesta moral no te permitió crecer y también te largaste de aquel sitio, hasta hallar un mejor rincón en Nueva York; y combinaste castellano e inglés, rumba y bolero y guaguancó, para ser La Lupe, la que luego en el Bronx, la que antes de Puerto Rico, la que antes en La Habana era divinidad musical, mujer de alma y pura voz; y caíste y te refugiaste en Dios, y Él oyó de ti un guaguancó certero como el solar de puño y navaja, pero miró de soslayo, y volviste a caer, y las llamas de los candiles ofrecidos en nombre de tu fe extinguieron tus últimos recursos; y la calle fue tu madriguera, y nadie habló de ti, nadie mencionó tu nombre para redimirte del caos, para ponerte a salvo; y fuiste consumiendo tu amor hasta la nada. Y yo, hoy intento ponerte a cantar desde mis discos, desde la tecnología que te hace vibrar como si alguna médium te pusiera de pie ante mí para sonreírme y decirme Te Voy a Contar Mi Vida, porque yo sigo siendo Guadalupe Victoria Yoli Raymond, la que no quisieron en la patria, la que expulsaron de la isla, la que ignoraron en América. Pero aquí vuelve, como siempre, trocada en la reina del Latin Soul, hecha locura que abraza ese arte de ser zafia y desenfrenada y tierna y lamentablemente expatriada, ya sin redención...


http://es.wikipedia.org/wiki/La_Lupe

(En la foto: La Lupe descalza, desenfrenada, a punto de caerle a golpes al pianista)

sábado 5 de septiembre de 2009

ACCESO LIMITADO

Pueden ahora mismo darse miles de conciertos a favor de la paz mundial. Pueden ya planificar nuevos viajes para apoyar al pueblo necesitado de escapar de su rutina, de su agobio, de su miseria. Total, quién dijo que todo está perdido, si hasta yo pudiera ofrecer mi corazón.

Sin embargo, no creo que la música de los artistas internacionales, dispuesto a ofrecer su apoyo a la isla, venga a salvar, a solucionar los desniveles existentes. Digo esto, porque hace unos días recibí un mensaje por correo electrónico, en donde se nos dejaba saber que (por el momento?) no habrá acceso a cuentas de yahoo, o gmail.

Y , ¿por qué? ¿Por qué un cubano no puede revisar sus cuentas electrónicas de otros servicios que nos sean los terminados en cu.?

He aquí el texto adjuntado para parte del correo electrónico, y que, después de leído, una y otra vez, me deja noqueado y pensando en esa resolución.

ACCESO DENEGADO
El acceso a este sitio queda prohibido por la RESOLUCIÓN 127/07 del MIC (Ministerio de la Informática y las Comunicaciones de la República de Cuba), ARTICULO 76. - "Se prohíbe el establecimiento de cuentas de correo electrónico desde entidades estatales en servidores que se encuentran en el exterior del país, considerando la inseguridad que el empleo de los mismos implica para la entidad por hallarse Fuera del Control del Estado Cubano.
Si de manera excepcional, por no haber otra alternativa, surgiera esta necesidad de forma puntual, tiene que ser aprobada previamente y por escrito por la dirección de la entidad, a partir de la valoración de las razones existentes, especificando claramente el tipo de información que se va a transmitir y el plazo de vigencia de esta modalidad".

¿Por qué se Prohíbe las cuentas de correo desde entidades en servidores que se encuentran fuera de la isla? ¿Por qué la inseguridad de un servicio tan eficaz como un e-mail en donde tengamos noticias de los nuestros y podamos divulgar las actividades culturales literaria? ¿Por qué hay que aprobar, y por escrito, a partir de valoraciones, y especificar “claramente” el tipo de información a enviar?, ¿por qué la burocracia si ya no hay ni papel parta crear en la isla?, ¿por qué la limitación a querer decir Hola, Cómo has estado?, ¿por qué si ayer hubo un Concierto por la Paz, hoy se arma un Desconcierto por el Internet?

No seguiré con los porqués, quizás no halle claras respuestas a tanta incertidumbre acumulado durante años sobre y dentro de una isla tan hermosa llamada Cuba, en donde muchos no tienen ni la más remota idea, en pleno siglo XXI, de lo que es contar con un servicio no restringido de Internet.

(En la foto: algún tipo de acceso libre, 2009)