sábado 5 de diciembre de 2009

UNIDOS POR LA PALABRA (MUCHO ANTES DE “COGER” GUAGUAS)

Estimados hispanoamericanos del mundo, este es un mensaje de entendimiento al castellano. ¿Castellano? Sí, la lengua que casi desconocemos y nos burlamos unos de otros —¿malsanamente?— porque nuestro interlocutor, a veces, dice raros vocablos nunca antes oídos y creemos —¿somos tan crédulos?— que aquel que tenemos ante nuestros ojos es un bellaco cuya lengua nos resulta de otro mundo. Pero, ¿por qué? ¡Porque dice palabras desconocidas a nuestros oídos siendo éste un hispanohablante! ¡Bueno, mejor digo, un tipo ahí que habla “español”!

El regionalismo siembra sus vocablos callejeros y No vemos —¿o No queremos ver?— más allá de nuestras fronteras. Bordeamos el circuito con lo que oímos cotidianamente sin aprehender, retener de la base (castellana), digo, mejor digo: del “español".

Todo este rollo —hablando coloquialmente—, lo vivo en esta ciudad de Montréal, en donde resido desde hace poco más de cinco años. Aquí he pernoctado entre lenguas diversas: inglés, francés, italiano, portugués, chino, japonés, árabe, persa… y castellano, ¡“español”!, vuelvo a acotar. Por lo que es ahí a donde sólo me interesa ir: “a mi lengua materna”.

Años atrás, trabajaba en un restaurante cuando le hice saber a una boliviana que aquella tarde había (-YO-) “COGIDO UNA GUAGUA” para llegar al trabajo. Espeluznada e incrédula, y con los ojos desorbitados, la boliviana me hizo saber ipso facto que No Entiende, y de ninguna manera, lo que le he dicho:

—¿Cómo es eso de que cogiste una guagua…? —preguntó con el rostro totalmente demudado.
—Sí —continué—, Cogí una Guagua para venir.

Volvió a abrir sus ojos, a darse la vuelta, a farfullar, a preguntarse qué rayos había hecho (-YO-). ¡Coger una guagua! Lógicamente, eran mis primeros días en esta ciudad multicultural, y por lo tanto, no tenía una idea (clara) de lo que podía significar “COGER UNA GUAGUA” fuera de la isla caribeña. Luego, a los pocos segundos (que me parecieron horas) vino ella a reposar su duda sobre mí:

—Vamos a ver, González, ¿cómo es eso de que te cogiste una guagua? —esta vez la pregunta fue hecha con pura malicia, y acto seguido le dije, en otras palabras, que era aquello de: “coger guagua”.
—¡El bus, boliviana, el autobús, en eso llegué hoy al trabajo! —dije.

Y saltó para, entre risas, continuar su explicación de que: en Bolivia “guagua” es bebé, un niño. Por lo que su alarma era de esperar. Para ella (-YO-) había hecho algo indebido y lo declaraba abiertamente a sus oídos latinoamericanos.

Sin embargo, ¿por qué COGER, (a lo que es igual AGARRAR, ATRAPAR… ) tiene esa connotación SEXUAL para algunos países como México, Argentina, o Bolivia?

Respeto la cultura de cada sitio, no me opongo al regionalismo. Aunque vale comprender (-entender-) que fuera de esos lugares la palabra se modifica, cambian los significados.

Si vas a España, por ejemplo, puedes soltar un: ¡COGE tío!, a cada instante; ellos no se ofenderán, porque sabido es que lo que echan allá es: ¡UN POLVO! (“Dust in the wind”). ¡Polvos van y polvos vienen! Y nos reímos. Y entendemos (-creo-). Pero ojo: ir a Latinoamérica, o a Centroamérica y ponerse a COGER a diestras y siniestras puede que te cataloguen de maniático sexual cuando todo que has dicho y hecho es agarrar libros y camiones y discos y cinturones.

Pero en Montréal me mato de la risa entre peruanos que CACHAN, digo: COGEN, digo: hacen del verbo la ambigüedad hispana más risible que oídos humanos (en este caso los míos) hayan disfrutado jamás. Y digo CHURRE y creen que inventé la palabra, y digo JABA y al instante ratifico: BOLSA, no vaya a ser que crean que las invento en el aire, en el polvo echado cuando COJO un trapo y limpio el diccionario donde las guardo a todas juntas como en una GUAGUA al mediodía habanero.

(En la foto: quijoteando entre palabras cogidas y escogidas en la mejor acogida, 2009)

sábado 14 de noviembre de 2009

SEPARACIÓN FAMILIAR (¿POR CULPA DEL PREMIO GORDO O DEL PREMIO FLACO?)

Pudiera decir que a mediados de las ochenta, en Cuba, tuvimos un tiempo económico (mantenido por los del Este Socialista) con bastantes ventajas para los que allí vivíamos. Recuerdo aquel Premio —en dinero— otorgado a mis padres por un sobre cumplimiento de la empresa. Yo apenas estaba en el quito o sexto grado de mis estudios primarios, por lo que no puedo precisar ciertos datos. Lo que sí te aseguro es que hubo dinero, y bastante, considerado la época. El asunto es que con aquellos pesos, los del premio de la empresa, mi padre le compró a mi hermano una pequeña grabadora, a mi madre un olla de presión —de aquella época—, y para mí hubo un reloj soviético por el que me aprendí la hora. Qué tiempo aquellos en que la moneda cubana tenía su valor, porque, recuerdo que una camisa (marca) Yumurí costaba unos veinte pesos y aquello era caro. Eran los tiempos en que con cinco pesos uno era casi feliz, podía ir al cine y luego cruzar la acera por helados Coopelia.

Sin embargo, todo cambia, y ya tener cinco pesos es tener nada, y poseer unos cien es como no tener muy poco; esos viene siendo unos cinco dólares estadounidenses. Pero, no es dinero lo que me interesa abordar ahora, sino: de la ruptura familiar por culpa del dinero.

Yo digo que antes, mucho antes de que el dólar incendiara las manos de los poseedores, éramos algo felices. Se vestía, a lo cubano, con lo que teníamos o nos surtían las tiendas de productos checos, rumanos, húngaros, soviéticos. El envío de dinero del extranjero era casi inexistente, por lo que las familias podían separarse por otras razones, pero nunca por cuenta de los dólares. Jamás, que yo sepa, por causa de incomprensiones porque tía Fernandina (digamos) tiene dólares y no me compra ni un desodorante y con la falta qué hace.

Alguien demasiado cercano a mí recibe un envío de dinero de vez en cuando. Alguien algo cercano a mí, imagina que es mucho lo que va en el envío y especula más allá de lo esperado. El resultado es una querella de cierres de puertas. Habladurías a espaldas. Difamación de la realidad, y por ende, separación (¿temporal?) de la familia. El asunto me ha puesto a pensar, una vez más, sobre la pérdida de los valores en la Cuba de hoy. Asunto que lleva años sin verle el final ni la solución, como otros tantos problemas que acarrea la patria, allá, en medio del Caribe. ¿Cómo complacer a Toda la Familia para evitar disgustos y discordias?, ¿cómo superar el vacío que deja esa división de los que tiene dólares y los que no, o de los que tienen un poco Pero necesitan Más?

Ojalá cayera, más que café en el campo (parafraseando la letra de Juan Luis Guerra), una tonga de billetes ante mi paso para distribuirlos entre la familia. Pero no, no llueve ni un centavo. Entonces tengo que trabajar fuerte para el envío a quien aguarda mi regreso, para saber cómo le ha ido en mi larga ausencia, para intentar la unificación de esa familia, hoy a la espera de un milagro, como aquel de cuando en la empresa de mis padres hubo un premio y no había distanciamientos por causa del dinero.

(En la foto: "dinero que no vi llover", archivo personal, © 2009 )

sábado 24 de octubre de 2009

SALTO SOBRE EL VACíO (O EL CUENTO DE LA NOSTALGIA)

El otro día, mi mujer y yo, nos pusimos a hablar de la nostalgia porque el asunto aún no nos quedaba bien claro. Aquella noche veíamos videos en Internet y nos emocionamos ante los rostros de los personajes que hicieron delicia en nuestra infancia. Allí, a través de YouTube, descubrimos fragmentos de programas de finales de los setenta y de los ochenta. Entonces vivíamos en Cuba. Sí, mi mujer y yo somos cubanos. Y hace unos años vivimos en Montréal; esta ciudad mitad francesa, mitad inglesa, mitad latina, mitad de otras mitades de mitades de medio universo; y aquí recordamos lo que fuimos, y hablamos de lo que hoy somos.

En aquel Tercer Mundo tuvimos la quintaesencia del Socialismo en pleno Caribe. Nos educamos, crecimos, y mucho después nos marchamos de aquella patria que hoy recordamos con una desorbitación que me llena los ojos de agua, de lágrimas quise decir. Y no es que me preocupe si dejamos un país hermoso con su azul o su eterno verano, porque si salimos de allí fue para estar mejor y no vernos en la miseria del pan al día y el apagón de largas noches que se hacían inefables, o turbulentas hasta el incordio. Aunque, aclaro, a la luz de los mechones, o lo que se resolvía para alumbrarnos, nos reuníamos a conversar un poco o a tocar rumba de cajón, “y maldecir con justo encono…”

Salimos de Cuba porque nos mataba el hambre de los noventa y la gente se iba a mares, ¡por mar claro está! Y nosotros nos fuimos porque se nos presentó la oportunidad (por separado), y la aprovechamos (por separado).

Ella vino primero. Llegó con un grupo bailarines a dar una gira. Pero en cuanto el grupo pisó tierra nevada, muchos solicitaron refugio. Y ella, claro está, no se quedó atrás. Hubo un juicio y al año le dieron su residencia.

Yo llegué un poco después gracias a una beca de investigación; y como lo tenía bien claro: “para atrás ni para coger impulso”, también me quedé. Pocos meses después nos conocimos en el “Cubano’s Club”. Ella estaba en la barra, y al entrar lo primero que divisé fue su espalda que dejaba desnuda usando aquel vestido que la hacía fenomenalmente arrebatadora. De ahí en lo adelante comenzamos a vernos hasta que decidimos vivir juntos.

Pero no fue esa noche la que del problema, sino aquella cuando nos dio por discutir porque eso de la nostalgia no quedaba claro. Y en su desolación quizás se sentía confundida, atolondrada, por eso, quizás, en cuanto le expuse mis ideas comenzó a ofenderme porque, al parecer, creía que mi intención era arremeter contra el país. Te digo, se me paró delante, con las manos en jarras, y me dijo:

—¡Lo que pasa es que tú odias la tierra que te vio nacer!

Fue cursi y sentimental y hasta violenta en su tono y sus gestos.

—Si estoy aquí no es porque no quiera a Cuba sino porque en Cuba la cosa esta mala y ya no podíamos hacer mucho para sobrevivir, y lo que nos quedaba era morirnos de hambre o coger una lancha y largarnos de allí —le dije.

—Pero dime algo, ¿es que aquí estamos mejor? —me preguntó indignada, como si quisiera abalanzarse sobre mí.

—!Al menos tenemos Derecho al Internet! Míranos ahora embobecido con esos videos…

—¡Pero nos falta la familia!

—¡Allá no hay quien viva y el que vive no hace más que repetir que quiere irse!

—¡No todo el mundo piensa igual!

—¡Seguro que no!

—¡Hay que defenderla!

—¡Yo la defiendo!

—¡Aquí nos explotan!

—¡Allá vivíamos al explotar!

—¡Pero nos pagaban un salario y casi no hacíamos nada!

—¡Por eso que el país no avanza! ¡Por eso es que no hay desarrollo!

—¡Aquí te pagan por horas y a veces ni hay horas suficientes y a veces es mejor tener dos o tres trabajos para pagar la renta!

—¡Pero vivimos bien!

—¡Como dos inmigrantes!

—¡Pero vivimos!

—¡Sí, hartos de tanta nieve! ¡Mira, yo estoy cansada de tanta nieve, y hasta del individualismo! Al menos en La Habana todo el mundo me conocía. Si alguien preguntaba por mí, enseguida decían: “422, sexto piso, la segunda puerta a la derecha.” Y la vecina nos cuidaba el casa cuando no estábamos, porque aquella zona era conflictiva y siempre habían robos… Éramos muy unidos.

—¿Quieres volver al colectivismo? Mira que eso termina en promiscuidad y luego tienes a todo el mundo husmeando en tu vida. ¡Sinceramente, creo que eso de crear seres socialmente útiles te ha afectado mucho!

—¡Aquí todos viven preocupados por el dinero, por lo que les pertenece, y a nadie le importa el vecino! IEgoístas qué son todos!

—¡La propiedad privada es importante, por esa vía se llega al desarrollo! ¡La vida es productividad! ¡Qué cada cual se ocupe de lo suyo!

—¡Estás hecho un capitalista de mierda, no me lo esperaba de ti!

—De mí se puede esperar cualquier cosa. He aprendido a saltar de un país a otro y de un sistema a otro… ¡Y aquí sigo, vivito y coleando!

—¿Pero y la nostalgia, Fernando? ¿Y la nostalgia?

Hubo un hueco en nuestras miradas, un vacío que duró unos pocos minutos pero que a mí me resultaron horas. Parecía que cientos de imágenes se cruzaban en mi camino: la casa familiar, los amigos, el barrio, las caras de cientos de conocidos amontonándose como en una manada hambrienta y pestilente.

—En definitiva, Elizabeth —salté—, ni tú ni yo podemos dar marcha atrás. Al menos escapamos de la catástrofe y aquí echaremos raíces.

Gritó cuatro malas palabras, dijo que ella no pensaba echar nada, ni raíces ni ramas. Y apagó la computadora y se sentó en el sofá, y percibimos los olores mezclados de nuestras comidas, y el vaho que se acumulaba en aquel espacio reducidos en donde logramos sobrevivir de invierno en invierno contemplando, a veces, la nieve en los cristales de la ventana, y a rato alegrándonos con una botella de vino tinto producido en Australia o en Francia.

Ya un rato más tarde, cuando estuvo más calmada, nos preguntamos qué hacíamos en un país tan frío cuando en el nuestro el sol nos daba de lleno en la cara todo el año. Entonces, el silencio ascendió entre los dos y nos miramos buscando la respuesta en medio de aquel mar suspendido como una cuerda que había que pasar de un extremo a otro, cuidando no caer, de no morir en ese hueco infinito llamado nostalgia...


(En la foto: ventana al mar, foto tomada en La Habana por el antropólogo P.S. Brotherton, © 2005)

sábado 10 de octubre de 2009

ESPERANDO EL DÍA DEL PAVO

Tendremos las fiestas por La Acción de Gracias con la familia y los amigos a la mesa. Es la costumbre, la tradición. Pero, ¿cómo celebrar “el día del pavo” sin mi familia? Evidentemente no estarán conmigo para darle un resquicio de totalitaria satisfacción al día, por lo que todo dependerá de otro estado de ánimo que, espero, sea bendecido por los amigos que acompañarán a la hora de cercenar la carne, mientras los candiles, porque de seguro habrán, irán chorreando su esperma a lo largo de la noche. De ahí que pueda decir: “bendito mundo, bendita cena que me permite mostrar que, que aunque no todo es perfecto, se busca la perfección hacia todas las latitudes”.

Sin embargo, ese dejo de insatisfacción saltará en algún momento porque la familia, dividida, no tiene ni la más remota idea de lo que significa devorarse un pavo el segundo lunes de octubre de cada año. Pero, ojo, más que dejarse llevar por la voracidad de la gula, que respeto a su medida, me acerco con el mejor de los pretextos a festejar el Thankgiving Day, porque es otra de las oportunidades que nos ofrece “el año”, de igual modo digo: “la vida”, para juntarnos, vernos las caras, hablar, dialogar, cena de por medio, vino, e huir un rato de la rutina, los monótonos días de trabajo, diferenciar un día del otro.

Ya conozco del sabor de esas noches. ¡Si la vieja supiera qué es un buen pavo al horno! ¡Hace cuánto no la veo…! , me digo, y a ratos, ya sé, saltaré de la meditación para bajar el bocado con el vino e incorporarme a la charla sobre el otoño, la renta, los impuestos, la crisis económica, el Premio a Obama, this Nobel Peace Prize 2009, y la vida que urge más cambios, más Paz, más tolerancia, menos cobro de dinero por un pasaporte cubano para volver a ver a los míos, a los viejos, a los que no conocen aún del sabor de un día de Acción de Gracias.

(En la foto: el pavo que no he tenido aún)

sábado 3 de octubre de 2009

DE LA AMBIGÜEDAD DE LA PALABRA (DE LO QUE FUI, DE LO QUE FUIMOS)

Nunca olvidaré aquella frase espetada como una daga. Estaba yo de pie, ante el buró del jefe de la redacción, y hacía poco había conseguido entrar en la emisora. Aquella oficina estrecha, arquitectónicamente hablando, no tenía ventana, muchos menos algún elemento decorativo. Allí la luz del día nunca llegaba, por lo que siempre vi aquellas lámparas fluorescentes encendidas.

Aquel día, sobre el buró, advertí papeles amontonados, cintas con programas radiales y que necesitaban ser chequeados antes de ser trasmitidos. Por aquel tiempo había palabras que no se podían mencionar. Y recuerdo una: “barba”, que fue eliminada de un guión porque, en la oración dada, el vocablo resultaba comprometedor.

Los dirigentes, los jefes, y los subalternos, se cuidaban demasiado la espalda, conservaban inmaculados su prestigios en todo el instituto. El jefe que por aquel entonces tuvo la redacción era un conservador que hacía que la radio no saliera de su estilo antediluviano. Él conseguía de cualquier forma que la orden se cumpliera a pie del cañón.

Al poco tiempo de estar escribiendo, le presenté a aquel jefe un proyecto radial. Con objetivos, temas, y todo un perfil detallado, le hice saber que deseaba escribir un programa para los jóvenes, y que saldría al aire en el espacio de la tarde. Pero, algo escribí allí que lo puso a pensar demasiado.

Entonces yo no tenía la noción exacta del peligro de la palabra. Claro, una palabra mal dicha te da mala imagen. Pero jamás pensé que un simple título podía desencadenar un conflicto interno. Jamás mi intención fue la de desestabilizar el orden. Sólo quería seguir escribiendo y en mi ingenuidad, estuvo la desconfianza.

Supuse que a la hora en que se trasmitiría habría una calma en las barriadas, e imaginé una música estridente al inicio, efectos sonoros, y una voz fuerte que anunciaría: “Llegó la hora de… ¡Romper en el silencio!”, y entonces explotaban vidrios y salían cohetes disparados desde la máquina del sonidista.

¡Mierda!, el jefe de la redacción me hizo llamar a su estrecha oficina, ahora hablando ideológicamente, para espetarme con el ceño fruncido, los labios apretados, aquello que me llegó como una daga, como un porrazo inesperado en medio de mi pasión por escribir, en medio de mis deseos de no quedarme fuera de la emisora y seguir allí, trabajando según las reglas, el orden, el estilo que sabía no podía quebrar.

—Ven acá, chico, ¿qué silencio es el que tú quieres romper? —me dijo con cara de perro e imaginé la baba saliéndole por un costado de la boca medio abierta.

Lo miré, miré el proyecto sobre el buró, miré las paredes blancas de aquella oficina estrecha sin ventana ni decoración alguna. Me señaló con un dedo, me dijo redondamente que el proyecto no servía, que hiciera otro. Pero bien sabía que ni el estilo, ni las frases hechas podrían ser modificadas. Había que seguir por la línea, recto hasta el final, sin desviaciones ni ambigüedades. Lo que pasó después, fue un acto de decepción y reflexión sobre mis textos radiales. Bueno o malos, ambiguos o peligrosos, no sé bien, fueron invocándome a seguir como un perro con el rabo entre las patas.

Y hoy me digo: qué ingenuo fui, ¿qué silencio podría romper? Ni idea. No me pasó jamás por la cabeza. Pero lo cierto es que ese día, definitivamente, comprendía del valor, y sobre todo, de la peligrosidad a la que muchas veces te arrastran las palabras.

(En la foto: "hoja rasgada", archivo personal, © 2009)