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sábado, 2 de febrero de 2013

Edelmis Anoceto Vega “Poesía es igual a las mejores experiencias, en las mejores palabras en el mejor orden”

Edelmis Anoceto Vega (Santa Clara, Villa Clara, 1968), poeta cubano, ganador de varios premios de poesía y décima, llama la atención por la forma en que concibe la poesía. Cantos del bajo delta (1998), Mortgana (2002), La cólera de Aquiles (2005) y Desertor del cielo (2007) son algunas de sus obras publicadas. De su poesía se dice que “se caracteriza por la alternancia de las estrofas clásicas (soneto y décima) y el verso libre (...). Así como son frecuentes en sus poemas los cuestionamientos existenciales del hombre...”. Por razones como estas su obra merece nuestra atención. De ahí mi interés por esta entrevista.

Desde tu criterio, ¿cuál sería tu sinónimo de poesía?

Es una pregunta que se ha hecho a muchos poetas, y comúnmente éstos responden con alguna frase poética. Al respecto es célebre la disquisición de Octavio Paz al inicio de su ensayo “Poesía y poema”. Pero si lo que buscamos es un sinónimo entonces el campo de definición se reduciría a una palabra, lo que lo haría mucho más difícil, por lo que sería mejor aquí eludir ese sondeo. Lo primero a tener en cuenta es que eso que llamamos poesía es en sí algo que tiene como esencia precisamente su condición de indefinible, de misterio que nunca llega a revelarse, sino a anunciarse. Mejor decir como Lezama: “Ah, que tú escapes”.

Sabemos que la poesía no es únicamente la expresión de la belleza por medio de las palabras; no es el poema, éste es una manera más que tiene la poesía de manifestarse, como lo puede ser el cuadro o la pieza musical. La obra artística, sea cual fuere su género, se diferencia del resto de las obras humanas necesariamente por su componente poético.

Cuando en el hombre se da una manera peculiar y “otra” de percibir el mundo, la humanidad y la vida, suceso que produce en su espíritu una especie de movimiento, de sacudida, extrañamiento, sobrecogimiento, y además ese hombre es capaz de comunicarlo, estamos en presencia de la poesía. Este es un proceso único e irrepetible en cada individuo. Por eso se dice por ejemplo que la poesía es conocimiento, pero un conocimiento del ser interior, un descubrirse en esa forma peculiar, individual y enriquecedora sobremanera. Se revela un modo de ser en —y relacionarse con— el mundo, que es diferente en cada individuo. Ese conocimiento del “yo” produce una suerte de liberación comparable sólo con la experimentada por el místico al entrar en contacto con la divinidad. Es un proceso en el que se llega a la plenitud a través de la percepción creativa. No estamos hablando de mera percepción o mera creación, sino de un proceso extraordinario que implica ambas cosas.

Según Coleridge, poesía es igual a las mejores palabras en el mejor orden. Y yo agregaría —con permiso—: poesía es igual a las mejores experiencias, en las mejores palabras en el mejor orden.

...¿Y el de literatura?

Asumo que hablamos de lo que conocemos como literatura artística y que comprende categorías como ficción, lenguaje imaginativo, tratamiento especial de la lengua, subversión del discurso ordinario, Les Belles Lettres, etcétera.

Los juicios de valor acerca de la literatura y el arte en general varían según las necesidades epocales, y en ese sentido podemos decir que la literatura es una convención. Por supuesto, las instituciones educacionales y culturales históricamente han emitido criterios de valor jerarquizantes que tienen en su trasfondo ideologías, iglesias, políticas...

También las personas llaman literatura a aquellos escritos que hoy les parecen de valor y que les resultan gratos. Así han desfilado por esa categoría tanto las tiras cómicas, los guiones cinematográficos o El origen de las especies, de Darwin. Las crónicas de revistas sensacionalistas, por ejemplo, cada vez incorporan más elementos de ficción y técnicas narrativas, y los mensajes publicitarios acuden a recursos del lenguaje poético, sin embargo no son considerados literatura.
Para decirlo medio en broma, la literatura es todo aquello que constituye campo de estudio de la teoría literaria, disciplina mucho más exacta, y por lo tanto más definible, que su objeto.

Eres editor, traductor literario... pero sobre todo eres un poeta. ¿Qué hallas en la poesía como género literario que la has asumido con rigor?

A mi entender, en la práctica requieren mayor rigor las labores de edición y de traducción que la de la creación poética. Esta última es más libre en tanto es mucho más individual, es lo que mencionaba antes de indagación en el “yo”. En la edición y la traducción estoy sujeto a un texto ajeno que ya establece una especie de poder, es como una jurisdicción que no se puede violar, o se puede violar sólo hasta cierto punto. También están las exigencias extracreacionales: debes entregar el texto traducido o editado a la editorial y esto supone una disciplina.

La creación poética sólo demanda rigor en el orden de la convicción, la consagración, la sinceridad, la vocación, la ética. Muchos presumen que escribir poesía es un acto sencillo, un hobby, como un entretenimiento, algo que podemos hacer con la mano izquierda, en los ratos libres. Eso puede ser, pero creo que entonces no estaríamos hablando de un verdadero poeta. Para el poeta de rigor —creo que esto ya lo escribí—, la poesía es una cuestión de vida o muerte. Se trata del centro de la existencia. Y casi siempre es un proceso agónico, desgarrante; lo es porque el poeta no debe demostrar su condición sino a sí mismo. Una cosa es ser poeta y otra “la vida literaria”, o sea la socialización.

¿No tienes pensado escribir narrativa?

Tengo una novela terminada y dos cuentos para niños. Pero no tengo apuro en que vean la luz. El hecho de haber escrito esas obras ha sido muy gratificante, eso es lo más importante. El escritor tiene que tener mucha seguridad en sí mismo, y sobre todo estar satisfecho con su labor sin que nadie venga a decirle que ha escrito una gran obra, puesto que el escritor, el literato verdadero, ya conoce las grandes obras de la literatura, o su gran mayoría, y podrá valorar, sin pretensiones y con sinceridad, la suya propia.

Por otro lado yo asumo mi escritura toda como creación poética —con las especificidades escriturales que demanda cada género, por supuesto—, porque, como dije, la poesía es esencia en toda obra artística. De hecho estas obras narrativas tienen como centro y fondo la poesía, de manera implícita.

Hasta la fecha has publicado varios libros de poesía, como por ejemplo, Cantos del bajo delta (1998), Mortgana (2002) y Desertor del cielo (2007), entre otros... De tus obras publicadas, ¿tienes preferencia por alguna...?

No podría preferir uno entre los libros que he publicado, cada uno tiene una significación especial, no comparo uno con otro. Siento cierto apego por los dos decimarios: La cólera de Aquiles y El sueño eterno, por estar escritos en esa estrofa que tanto quiero y respeto, y por comunicar cosas y estados que no comunican mis libros en verso libre, estados cercanos al dolor, sobre todo. Creo que de todos mis libros prefiero los que están inéditos, Agujero negro, por ejemplo, uno que está a punto de salir por la Editorial Oriente, y otro decimario: Cansado de soñar todo, que cierra el ciclo de los dos anteriores.

Los libros son como las etapas de la vida, no tiene mucho sentido preferir una sobre otra, porque en la práctica ninguna se puede repetir.

¿Qué necesitarías para escribir? ¿Tienes algún método, algún sitio preferido que te ayuda a escribir?

Soledad. Quiero decir, en el momento y en el lugar donde escribo necesito estar solo, que siempre es en mi estudio-dormitorio, generalmente en las mañanas. Cuando estoy en algún proyecto de libro escribo desde el amanecer hasta la media mañana, y cuando es un texto ocasional, un artículo, por ejemplo, lo hago en cualquier momento. Escribo con mucha dificultad, y no me gusta hacer bocetos, ni tampoco dejar una idea u oración a medias. Reviso constantemente lo que estoy escribiendo. Como todos los días debo caminar mucho, tengo tiempo para pensar, eso me ayuda sobremanera.

¿Quién es Edelmis Anoceto Vega? ¿Podrías dejarnos ver al poeta bien adentro?

Edelmis Anoceto Vega es un hijo de torcedores de tabaco, santaclareño el padre y manicaragüense la madre; ¿sorprende a alguien que se haya convertido en escritor? ¿Acaso no es lo más natural? Si Edelmis Anoceto Vega fuera sólo un licenciado en lengua y literatura inglesas seguramente estaría en una universidad o, como muchos de sus condiscípulos, trabajando en el turismo, o enseñando inglés; no sería alguien en que se conjugan la cultura del rock, el dominio de una lengua extranjera, la simpatía por los poetas ingleses románticos y victorianos, un poco de vida bohemia, bastante de escepticismo; no sería alguien que ha aprendido a amar y a valorar lo tradicional cubano, lo guajiro que encarna su familia materna, la décima... y sobre todo no sería alguien que ha aprendido a trabajar sin descanso, a emprender siempre un nuevo proyecto.

¿Autores preferidos? ¿Alguno ha influenciado de alguna manera en tu obra?

Son muchos, y todas las lecturas nos van formando una noción acerca de lo que es la literatura, los géneros, sus fronteras y relaciones, nociones y concepciones. Lo más importante es descubrir uno mismo qué es la literatura, y ésta está en el principio: los textos bíblicos, Homero, Dante, Shakespeare, los románticos ingleses, el Siglo de Oro español, los simbolistas franceses —esto no es una receta—, después toda lectura aporta, enriquece, complementa, pero en el principio está la verdad. Eso fue lo que nos enseñó T. S. Eliot al considerar los ismos de la literatura inglesa como una desviación e ir directamente a la tradición poética europea para dialogar con ella. Nos dijo simplemente que hay que subvertir la tradición para que luego ésta te acoja. Los clásicos no son algo que un literato pueda obviar. No tiene sentido hacerlo.

Si la poesía (casi) ha sido relegada para darle paso a la novela, ¿persistirías en hacer poesía?

¿De qué poesía y de qué novela estamos hablando, de qué contexto? No creo que la poesía (como género) haya sido relegada para dar paso a la novela (como género), ni siquiera (casi). Eso sucede sólo en el campo del mercado editorial; sólo en ese terreno un género puede relegar a otro. Todos los años se celebran festivales de poesía como el de Medellín, se realizan compilaciones importantes como el anuario The Best American Poetry, se otorgan premios relevantes a poetas, sin que ello disminuya o minimice otro género.

Pongamos un ejemplo: ya en el período isabelino Inglaterra fue llamada por el auge de su expresión poética A nest of singing birds, y en los dos siglos subsiguientes no fue menos, sin embargo en el XIX, dadas las crecientes exigencias editoriales, la poesía fue “relegada” a material de relleno en las revistas, a tal punto de que casi ningún poeta —excepto los dos grandes: Tennyson y Browning— emprendiera una obra poética extensa. El poeta no se ocupa de esas cosas, el poeta persiste siempre en hacer poesía.

(Entrevista publica en OtroLunes, y Letralia)

sábado, 5 de enero de 2013

Callejones de Arbat: contra los efectos del tiempo


Casi veintitrés  años después,  logro recordar vagamente, la imagen del general  Arnaldo Ochoa durante aquel juicio televisado por todo un mes en la televisión cubana. Claro, el tiempo ha disipado la nitidez del recuerdo. El tiempo y la memoria se han ocupado de desvencijar aquel hecho de cuando estudiaba en el pre-universitario, un tiempo en que no creo haber podido comprender la legitimidad de aquellas acusaciones ni de aquellas escenas.

Muchos, quizás, han olvidado aquel verano en que se acusaba a Ochoa públicamente para que, aquello, sirviera de escarmiento.  Muchos, o algunos, quizás ya no quieran acordarse de lo que pasó para que aquel general fuera despojado de sus medallas y muriera ante el pelotón de fusilamiento.

Para qué remover el pasado. Para qué hablar de lo injusto, de lo que ya no tiene solución. Para qué. Varias ideas corren ahora por mi cabeza, y aplaudo el hecho de que, precisamente para no olvidar, para hacer algo respecto a lo injusto  ¨Callejones de Arbat¨, publicada por Terranova Editores, y la más reciente novela de Antonio Álvarez Gil (Cuba, 1947), se da a la tarea de traer al presente hechos como éste que menciono, y devolvernos, como parte de una excelente lectura,  reflexiones sobre injusticias cometidas por despóticos gobiernos  en diferentes espacios y diferentes tiempos. Aunque todo el peso de esta nueva obra se desplaza hacia la desaparecida Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Un definitivo adiós a la Europa socialista.

En 1989, también, la URSS daba sus últimos respingos. Es alrededor de este período en que se mueva la narración en Callejones de Arbat.  

«Me llamaba la atención no sólo lo que estaba ocurriendo en Hungría, sino todo lo que se había puesto en marcha en la mayor parte de los países socialistas del este de Europa. En Polonia, por ejemplo, acababan de reconocer al Sindicato Solidaridad, que podría participar en las próximas elecciones de junio. Allí no se hablaba en lo absoluto de cambio o “perestroika” local, sino de negación y ruptura completa.»

Desde el inicio, se nos advierte que estaremos inmersos en lo que, durante aquellos primeros días de ruptura y conmoción entre los países socialistas, los representantes del gobierno de la URRS no se atrevían a aclarar. Las conferencias de prensa dejaban a los periodistas y participantes en la duda y en la incertidumbre. Lo que se avecinaba ponía en guardia a los interesados. La inestabilidad y la inseguridad hacía que Moscú, y toda la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas fuese un caos totalitario. Un periodo vivido por el propio autor, y de estos días, se aferra para crear una interesante atmósfera moscovita, y una historia de ficción dentro de esta otra Historia: la perestroika de Gorbachov.

El origen de la historia desde la Historia.

Cuando una historia es contada partiendo desde nuestra propia experiencia,  abriendo una zanja  para dejar que drene lo vivido, o/y sufrido,  en la mayoría de los casos se acaba por convencernos de que  lo relatado ocupa una buena parte de  la realidad.

Todavía hoy, después de semanas de haber acabado de leer esta novela  y logrando poner en orden mis recuerdos, me veo nuevamente ante  Dolores: una actriz rusa de origen hispano  e hija de Santiago Gómez,  español radicado en Moscú.

Dolores  aparece ante Mario, periodista cubano, y personaje  protagónico. ¨Perdón¨, dice ella y ocupa el único asiento vacío en la cafetería, y que está justo en la mesa que minutos antes ha ocupado Mario. La descripción hecha por el autor respecto a esta aparición, casi mágica, diría yo, al parecer adepto a los instantes sublimes.

«—Gracias —sonrió la desconocida y, colocando primero el platillo con la taza sobre la mesa, ocupó la silla libre. La mesa, que era pequeña y redonda, pareció llenarse de repente de luz. Entonces levanté la vista y, mirándola directamente al rostro, le dije “de nada” y le devolví la sonrisa. No era tan joven, pero sí mucho más bonita de lo que me había parecido antes. Tenía, además, una mirada clara que producía el efecto que me había deslumbrado en el primer instante.»

Entre el periodista y la actriz se urde un romance del que uno como lector se pregunta hasta dónde podría llegar porque Mario está casado y de su matrimonio cuenta con dos hijos.  Entonces surgirá otra pregunta: ¿Será posible permitirnos la infidelidad a pesar de que todo podría marchar bien en nuestra relación?, ¿qué de provechoso podría sacarse de esta infidelidad? ¿Siempre hará falta ¨una canita al aire¨?

Pero creo que éste no es la clave para inducirnos a la lectura. Hay algo mucho más conmovedor e interesante que nos hacen pensar en lo que leemos. La historia de amor no es más que el móvil para inducirnos a la esencia del relato, del que puedo decir que todo  Moscú se levanta a nuestro alrededor, y parece que va a decir su última palabra, parece que va a explicar lo que sucede entre políticos, antes de que alguien se apresure a poner a Mario sobre aviso y tenga que escoger ¨cara¨ o ¨cruz¨.  Porque cuando ese instante llegue ya él tendrá  en sus manos lo que le podría conducir a un final desastroso. Salvarse o no salvarse,  ¿por qué el miedo?, ¿por qué caer en esta disyuntiva de verse casi entre la espada y la pared?,  ¿qué hace para verse implicado en este inconveniente?

Hay un recorrido por hacer entre capítulos que considero inolvidables por la limpieza con que son presentados.

Desde ese recuerdo que aún conservo y que esta novela me ha devuelto con su color, y también con sus tonos grises y negros cuando nos acerca al tema de la injusticia cometida  en diferentes períodos, me hago partícipe, sobre todo, de esos primeros quince o dieciséis capítulos en que la narración parece apretarse en su nudo y no dar tregua  al  que sigue en esta trayectoria por llegar al fin o a la solución de lo expuesto.

Callejones de Arbat lo pone en clave, acierta a ofrecernos ese dolor  que nos pertenece a todos.

El Maestro y Margarita, referencias claves para Arbat.

Una puesta en escena en el Dramático de Arbat  también nos devuelve  la memoria. Se trata de una versión  de la novela  El Maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov, una sátira en tiempos de Stalin que pone en juego los ideales de este  régimen totalitario.

Dolores asume el papel de Margarita, y Mario la contempla desplazarse en escena. Conseguir ese papel en el teatro significa un triunfo evidente en la carrera de la joven actriz. Pero podía haberse elegido otra obra. Sin embargo es la historia escrita por Bulgákov la que favorece la intensidad dramática y el sentido (d)enunciativo en la novela de Álvarez Gil. Asertiva propuesta de llevarnos de un ambiente a otro, abriéndonos paso hacia diferentes caminos para conocer de la ridícula, bárbara, y sangrienta opresión del estalinismo y sus consecuencias o secuelas.

No creo que es un asunto ya ocupado, al contrario, aquí se nos deja entrever que aún hay tiempo para hablar. Todavía hay tiempo para contar partiendo de lo conocido.

Estoy seguro que muchos de mi generación desconocen la verdad de un régimen (mal) creado sobre la base de la utopía, sin querer  ver lo que se pudiera alcanzar con justas leyes y proposiciones lógicas.

Sabido es que, si en la práctica un sistema no funciona, ¿por qué entonces aferrarnos a su teoría?, ¿por qué insistir en una hipótesis cuando ya sabemos que predicar la igualdad en una sociedad es aberrante?

Somos diversos en cuanto a pensamiento, condición social, y merecemos la tolerancia a tantas diferencias. Somos humanos todos, ni piezas en blanco y negro de un ajedrez cuyo resultado se decide por un sólo jugador, por un único manipulador de dichas piezas.

Un sitio para estos Callejones.

Aquí se nos propone un acercamiento  a épocas en que se arremetía contra escritores y artistas.

«El secretario de la Academia Sueca llegó a afirmar que entre 1946 y 1957 Pasternak había sido propuesto ocho veces para el premio. Camus, que fue el ganador de este último año, lo propuso para el año siguiente. Ya para entonces El doctor Zhivago había aparecido en Italia y se estaba traduciendo en muchos otros países de Europa (incluida Suecia) y en los Estados Unidos. Pero la novela no estaba en ruso, en su lengua original, porque las editoriales de este país la tildaron de antisoviética y la rechazaron desde el primer momento.»

En algunos caso, el  delito cometido pudiera ser haber nacido en un  ambiente de clase acomodada o burguesa, una pena capital tristemente considerada por aquellos que despreciaban la belleza en la literatura o la elegancia y el refinamiento de en sus semejantes, como también nos deja reflexionando sobre el caso que cito al inicio, el juicio televisado al general Ochoa.

Pero sobre todas las cosas, bien vale una lectura a esta reciente novela de Álvarez Gil, por la  belleza y la fuerza en su narrativa, y una manera reconocible en el tono y la atmósfera creados por su autor, aspectos que bastarían para ubicar a Callejones de Arbat en un sitio loable entre lo mejor de la literatura  escrita por cubanos en el exilio.

I.Hernández

(reseña publicada en http://otrolunes.com/25/librario/callejones-de-arbat/)


lunes, 29 de octubre de 2012

ARÍSTIDES VEGA CHAPÚ: «DOY MI PALABRA, ESA NOCHE ME VISITÓ MARÍA TERESA VERA»




El narrador y poeta Arístides Vega Chapú (Cuba, 1962), a quien he entrevistado con anterioridad para este Diario, tiene a su haber nuevas ediciones de sus novelas Un día más allá (Editorial El Barco Ebrio), y, Steinway & Sons (Editorial Atmósfera Literaria).

Un diálogo con el autor de poemarios  como Sagradas Pasiones (Letras Cubanas, 2005), o Dibujo de Salma (Capiro, 2006; Letras Cubanas, 2008) nos revela su experiencia y expectativas en torno a estos trabajos recientes.

¿De qué trata 'Un día más allá'?

Tardé años en escribir Un día más allá. Estaba en busca de muchas respuestas, tratando de entender el país en que vivo, el prometido y el real, y canalicé toda esa búsqueda a través de esta novela. En ella hay varios personajes, de edades y oficios diferentes, que revelan, a través de sus vidas, esas distintas miradas que pueden existir de una misma realidad.

No encontré otra manera de responderme a mí mismo y con ello testimoniar lo vivido por la mayoría de los cubanos en las últimas décadas. Todo cuanto cuento en el libro es testimonial. Es una historia ficcionada, sobre sucesos reales.

¿Quién es Panchuco, o el Gordo? ¿Y quién el hombre del barrio Versalles, allá en Matanzas?

Panchuco, o el Gordo, el protagonista, es el único personaje verdaderamente real. Hay diálogos que incluso transcribí textualmente de varias entrevistas que le hice a esta persona.

Yo trabajaba en los años noventa en una librería en Matanzas que aún existe, en la Calle Medio. Un día llegó una persona con un disco de acetato de la cantante Farah María y le preguntó a una compañera de trabajo si esa cantante era conocida. Y Farah no sólo lo era, sino que yo estaba seguro de que no había cubano, viviera donde viviera, le gustara o no, que no la conociera, por lo que le presté atención a ese diálogo que no comprendí. Así, hasta que mi compañera me explicó que esa persona había empezado a trabajar hacía poco de comercial. Es decir, que tenía la responsabilidad de distribuir los libros y discos que cuando aquello se comercializaban a través de la Empresa del Libro, y que antes de eso se había pasado más de treinta años encerrado en su casa, después que triunfó la revolución, cuando por homosexual fue expulsado de la Universidad. No conocía nada de lo que había ocurrido durante los años de su encierro. Había sobrevivido vendiendo los muchos bienes de su familia, de una clase media bastante acomodada.

Como supondrás, me acerqué a él, que ya era de por sí un personaje de novela. Y todo lo que me reveló durante el curso de nuestra amistad, que duró hasta su muerte, aparece en Un día más allá.

Él estuvo de acuerdo en que usara su verdadero nombre, e incluso el sobrenombre, Panchuco, por el que lo conocían sus allegados.

Cuando lo visité por primera vez en el barrio de Versalles, frente a la bahía de Matanzas, su esplendida casa ya estaba depredada. Lo había vendido todo, menos su cama y alguna que otra pertenencia imprescindible.

A los cinco o seis años de edad tu abuela paterna te lleva al restaurante Monseñor para presentarte a Bola de Nieve, quien, junto a su piano, te saluda amablemente. Pero tu abuela te lleva por una razón: a ella le resultaba gracioso que siendo un niño te gustara la música del Bola… ¿Qué hallabas de especial en las canciones del inolvidable Ignacio Villa?

Supongo que ver a un negro gordo, risueño y expresivo cantar con una voz muy parecida a la de un ser común y no a la de un cantante, es una imagen atractiva para cualquier niño. Una de las ventajas de esa edad es que para llegar a fijarse en algo, considerar algo atractivo, uno no se tiene que responder ninguna pregunta. No creo que el niño que fui entonces pueda responderte ahora esa pregunta, pero sí puedo asegurarte que en cuanto Bola aparecía en el viejo televisor americano que entonces había en mi casa,  yo dejaba lo que estaba haciendo para venirlo a escuchar, con una atención que a toda mi familia le llamaba –precisamente-  la atención.

Dedicaste un año a estudiar las vidas de Bola de Nieve y Eva Perón para escribir la novela. ¿Cómo es eso de que Evita asiste a un concierto de Bola en Buenos Aires? ¿Tiene más fuerza la ficción que la realidad, o es la realidad la que le quita el espacio a la ficción?

Estuve en Buenos Aires en una emisora de radio en la que Bola de Nieve había grabado varios temas. No llegué allí por casualidad, sino que me llevaron dado mi interés personal por Bola. Estando en la emisora, supe que Eva Perón, cuando aún no era conocida ni llevaba ese apellido, había trabajado como actriz en los años en que Bola había grabado allí.

Fue entonces que se me ocurrió ficcionar una relación entre estos dos personajes tan distintos y distantes, por lo que tuve que leer e investigar sobre la vida de Eva Perón, de la que sabía muy poco.

La trovadora María Teresa Vera también aparece como personaje…

Ninguna canción me conmueve más que Veinte años. Mi abuelo materno gustaba mucho de la trova tradicional cubana y en su casa todas esas grandes voces se escuchaban diariamente. Crecí escuchando a María Teresa, por lo que su voz está entre mis afectos más cercanos. Panchuco, por su parte, la conoció y trató personalmente. Así que no tuve más remedio que convertirla en personaje. En el libro hay un diálogo entre los dos. Cuando lo intentaba escribir, no lograba que María Teresa hablara con voz propia, es decir, con la que yo imaginaba que era su voz. Estaba muy agotado, pues escribía de noche y madrugada, en jornadas que podían alcanzar diez o más horas. Y no me complacía lo que lograba escribir en voz de María Teresa. Cerré los ojos con la intención de visualizarla. Cerca de mi mesa de trabajo tenía varias fotos de ella. Hubo un momento que tuve la certeza de que alguien se había acomodado en el butacón cercano a donde yo trabajaba. Puedo asegurarte que cuando levanté la vista fue a ella a quien vi, sentada allí.

No necesité ni entonces ni ahora explicación alguna. Pero puedo dar mi palabra de que esa noche me visitó María Teresa Vera.

Fue una imagen real, que no me sorprendió, ni me sobrecogió, como si hubiese sido lo más normal de la vida. Pude detallarla con meticulosidad. A partir de ese instante, que no sé cuánto pudo durar, escribí con soltura todo lo que de ella aparece en Un día más allá.

La historia está llena de música y de figuras de nuestra cultura.

En mi familia no hay escritores, sino músicos. Mi tía abuela, Rita Chapú, tenía un conservatorio. En su casa conocí de niño a muchos músicos, algunos muy importantes. Mi mamá y su hermana, mi tía Ana, son graduadas de piano. En mi casa siempre se escuchó música. Eran frecuentes las tertulias en que mi tía Ana tocaba el piano y mi abuela y mi mamá cantaban. Las lecturas llegaron después. Mi sensibilidad, creo, se estimuló primero con la música. Por eso en mi poesía y en todo cuanto he escrito hay tanta referencia a ello.

En el caso de Un día más allá, Panchuco era un gran conocedor de la música cubana y poseía la colección de discos de acetato más grande que yo haya visto. Me era imposible obviar todo ese mundo sonoro.

¿Podrías contarnos un poco de la historia y los personajes de tu segunda novela, 'Steinway & Sons'?

La  novela Steinway & Sons, que he tenido la suerte de publicar en la editorial madrileña Atmósfera Literaria, recrea algunas historias familiares. Soy descendiente de árabes que se establecieron en Cuba en el siglo pasado, en la novela hablo de una familia que  se crea a partir de la llegada de Petrus Giaburt, un árabe llegado a Nueva York en mil ochocientos y pico que establece vínculos amorosos con la famosa cantante Sarah Bernhardt, fruto del que nace Osmerut Giaburt. De la historia de su descendencia, que en los años cuarenta del siglo pasado se establece en Cuba, donde la sorprende el triunfo de la revolución, sale la trama de esta historia que termina en los años ochenta, cuando el masivo éxodo de El Mariel. En esta familia, como en la mía, hay varios músicos. Y en la novela estos se relacionan con grandes músicos de la época: Bola, Rita Montaner, Esther Borja, María Teresa y muchos más que se convierten en personajes.

En Santa Clara, la ciudad donde nací y vivo, se estableció esta familia de origen árabe y de nacionalidad norteamericana. Allí fundan un conservatorio de música, intervenido al triunfo de la revolución, como todos los grandes y pequeños negocios particulares que existían entonces. Intenté escribir una historia que, pese a referir sucesos traumáticos y difíciles, fuera contada de manera divertida. Una historia en la que se escuchara mucha música y que provocara muchas sonrisas.
Ahora podré saber, de los lectores, si lo logré o no.

¿Expectativas…?

Siempre que se publica un libro se abre un camino para encontrar nuevos lectores. Creo que no hay nada que me interese más que encontrarlos, que compartir con cualquiera esa visión del mundo que uno tiene la posibilidad de exponer cuando es escritor. Yo sólo he querido testificar sobre el tiempo que me ha tocado vivir y no hay nada que me complazca más que intercambiar esas experiencias.

¿Complacido con las ediciones de las dos novelas?

La mayoría de los libros que he publicado han sido editados por amigos o personas con las que sostengo una cercanía. Por eso he estado muy cerca del proceso de edición. Ahora he tenido la suerte, a través del correo electrónico, de mantener una comunicación con la editorial y con todos los que han trabajado en mi libro.

Con Atmósfera Literaria ha sido un proceso muy rico del cual he quedado no sólo complacido, sino agradecido. Hasta localizaron un piano de la marca Steinway & Sons, de una cubana residente en Madrid, que tuvo la gentileza de prestarlo para una larga sesión de fotos. Con la imagen del instrumento se logró una bella cubierta. Ambas ediciones me han dado satisfacciones que desde ya agradezco.

 Agosto 2012.

http://www.diariodecuba.com/cultura/12609-aristides-vega-chapu-doy-mi-palabra-esa-noche-me-visito-maria-teresa-vera

jueves, 31 de mayo de 2012

Desde el Centro de Formación Literaria "Onelio Jorge Cardoso"

El Centro de Formación Literaria  "Onelio Jorge Cardoso", en La Habana, comparte la entrevista «Un Oficio que me hace feliz», realizada al escritor Antonio Álvarez Gil, y que me ha sorprendido hallarla en el siguiente enlace que comparto en este post.
http://www.centronelio.cult.cu/index.php?option=com_content&task=view&id=1231&Itemid=62

viernes, 16 de marzo de 2012

«No es fácil inclinarse por un género» (Entrevista a Jorge Carrigan)

Jorge Carrigan (La Habana, 1953) es autor de una docena de piezas teatrales. Residente en Canadá, publicó en 1999 el libro de narraciones y poemas Cascabeles en la Punta, y en 2002 la antología Teatro de Segunda Mano, que recoge obras escritas en colaboración con otros autores. Su novela Bailar con la más fea vio la luz en 2010, y ahora, bajo el sello Plaza Editorial, publica Muñequita linda, una narración cargada de erotismo, una historia de reivindicaciones femeninas.

Carrigan, ¿podrías adelantarnos algo de 'Muñequita linda'?
Es difícil adelantar demasiado sobre la trama de esta novela, ya que una buena parte de su encanto consiste en develar a lo largo de la historia las peculiaridades del personaje central, que es, además, la voz que narra. Si algo puede adelantarse es que se trata de una narradora, una voz femenina, lo cual resultó difícil y laborioso. El mayor riesgo ha sido introducirme, e introducir a los lectores, en una problemática humana que, a su vez, constituye uno de los baluartes del movimiento feminista. Ese lanzarse en el mundo femenino traerá por consecuencia que a partir de ahora la mitad de las mujeres, las que me interpreten bien, va a quererme mucho, y la otra mitad probablemente me va odiar.

¿Existen diferencias entre 'Muñequita linda' y 'Bailar con la más fea'?
Son dos libros muy diferentes. Bailar con la más fea es una novela de atmósferas, sombría, en la que la injusticia se da por sentado y los personajes están condenados de antemano a que la realidad los vaya despedazando; donde me propuse que el recorrido del lector se hiciera sinuoso.
En Muñequita linda la justicia está en el centro mismo de la trama, que es más anecdótica, más lineal, con una historia en la cual la narradora no sólo cuenta, sino que especula, y a lo largo de la narración va tejiendo una relación de complicidad con el lector, con observaciones sutiles y hasta cierta ironía.

¿Está presente Cuba?
En Bailar con la más fea Cuba no está, solo se presiente. Muñequita linda es un poco más lejana, se desarrolla en un país que difícilmente sea Cuba por razones que, para no revelar más de la cuenta, no adelantaré. Solo decir que en este caso abordo un tema que me gustaría muchísimo que fuera ampliamente debatido y eventualmente resuelto alguna vez por los cubanos, pero la historia que se me ocurrió para ilustrar la discusión de dicho tema, y que constituye la carne de la novela, me temo que es totalmente ajena a la realidad cubana de hoy.

Soy más que consciente de que después de dos novelas ando ya debiéndole una a Cuba y otra a Canadá. Por tanto, prometo con toda solemnidad que en la próxima, que ya está en boceto, aparecerán La Habana y Montreal, entre otras ciudades.

El lanzamiento oficial de 'Muñequita linda'…
Para mi infortunio, o quizás para mi fortuna, mis editores no pertenecen a los grandes circuitos comerciales de la literatura. Este detalle hace que la distribución y las presentaciones no se produzcan de acuerdo a un plan que solo puede elaborarse y cumplirse cuando hay toda una maquinaria de promoción detrás, o delante, de los autores y las obras. La distribución, por tanto, se realiza gracias al apoyo de instituciones e individuos que tanto acá en Canadá como en otros países se interesan por auspiciar las presentaciones y la puesta en circulación. De momento, el lanzamiento en Ottawa, que es donde vivo, será el jueves 8 de diciembre. Luego vendrán presentaciones en Miami y en Cartagena de Indias, Colombia, con fechas aún por confirmar; y luego estoy seguro de que habrá lanzamientos en Montreal y Toronto; además de que espero presentarla también el verano próximo en Nueva York y, si la suerte me acompaña, en República Dominicana.

Se te conoce más como dramaturgo. Entre el teatro y la novelística, qué prefieres y por qué.
Lo que me gusta del teatro es que uno, como autor, puede ver la reacción del público en el momento en que entra en contacto con la obra. Luego uno se da cuenta de que no todo cabe en el teatro. Alguien dijo que cada tema pide al autor la forma en que debe ser escrito, de manera que hay temas que no funcionarían en el teatro, como mismo hay otros que se verían mejor si se le muestran al público sobre un escenario. No es fácil inclinarse por un género.

Cada manera de comunicar tiene su encanto. Es cierto que he escrito mucho más teatro que narrativa, pero hay una razón: vengo de un país en el que, como nunca alcanzaba el papel, publicar una novela era un sueño prácticamente inalcanzable; sin embargo, como tenía muchos amigos, había posibilidad de reunir actores y de poner en escena piezas teatrales.

Aquí en Canadá es todo lo opuesto. Faltan los amigos y sobra el papel, de manera que el día que se me ocurrió escribir una novela, porque me di cuenta de que estaba empeñado en contar una historia irrepresentable en teatro, no lo dudé. Lo cual no significa, por otro lado, que haya sido fácil. Alguien me preguntó que si le temía a la página en blanco y respondí que a lo que le temo es a la página a medio escribir, cuando a uno se le presenta un problema técnico y no tienen la capacidad de resolverlo. Cuento esto porque debí aprender muchas cuestiones técnicas para terminar la primera novela. Y ahora, que he escrito teatro y narrativa, diríamos que es justo que se me emplace a elegir. Solo que entre ambos géneros, mi respuesta es que me gustan por igual.

Después de esta novela, ¿existe algún nuevo proyecto?
Proyectos es lo que nunca me ha faltado. Si puedo decir que soy escritor es porque, para escribir todo lo que quisiera, necesitaría más tiempo que el que me queda de vida. De modo que ahí vienen las prioridades. En este instante estoy inmerso en un proyecto cinematográfico en el que trabajaré como guionista y director de actores. Tengo tres piezas de teatro a medio escribir, y en literatura una novela que ya no está en mente, sino en el disco duro de la computadora, en boceto. Se titulará Pelos en la lengua.

Una última pregunta: ¿Qué esperas de tus lectores?
Hay escritores que se mueren por tener lectores súper sensibles, que lloren, se desgarren y se corten las venas con el marcador del libro. Yo prefiero que mis lectores sean solo inteligentes; ni más ni menos inteligentes que yo. Que disfruten lo que leen tanto como yo he disfrutado escribiéndolo.

(entrevista publicada en www.diariodecuba.com)

viernes, 17 de febrero de 2012

Manuel Ballagas, hijo del poeta cubano Emilio Ballagas, habla de su novela "Pájaro de Cuenta"

(en la foto: Manuel Ballagas junto a su esposa Juanita Baró.)

Hijo del poeta cubano Emilio Ballagas, el periodista, crítico, escritor y poeta Manuel Ballagas (La Habana, 1948) formó parte del consejo de redacción del grupo El Puente, en 1964. Un año más tarde, su libro Con temor corrió la suerte más nefasta que un autor jamás hubiese deseado para algunos de sus obras: su destrucción totalitaria. Este suceso, que acabó desintegrando a la fuerza aquel proyecto literario creado por José Mario Rodríguez, marcaría la vida del joven de diecisiete años, que sufrió cárcel por el hecho de haber escrito un libro de cuentos demasiado provocador para aquel entonces.

En 1980, Manuel Ballagas salió de Cuba formando parte del éxodo de cubanos refugiados en la Embajada del Perú. En Estados Unidos desempeñó cargos ejecutivos en publicaciones como The Wall Street Journal, The Miami Herald, The Tampa Tribute, y fundó la revista literaria Término, de la que fue codirector durante cinco años.

Su primera novela Descansa cuando te mueras, fue publicada en 2010. Y ahora acaba de aparecer Pájaro de cuenta, su segunda novela, un libro en donde satiriza a personajes como a Virgilio Piñera y hechos ocurridos durante el llamado Quinquenio Gris. Según una reseña de Teresa Dovalpage: "La muerte de Virgilio, que Arenas describe de una manera en El color del verano, tiene aquí otra puesta en escena completamente diferente".

Sobre este nuevo título y sobre Virgilio Piñera, José Lezama Lima, Emilio Ballagas y otros temas he dialogado con su autor...

¿Por qué 'Pájaro de cuenta'?
Es un buen título, ¿no crees? Pero no me cayó del cielo. Fue el calificativo que dio Fidel Castro, en su discurso en el Primer Congreso de Educación y Cultura, a los escritores considerados críticos por aquella época, es decir, a comienzos de los años 70. Refiriéndose, sobre todo, a los escritores extranjeros que protestaron en aquel momento por el arresto del poeta Heberto Padilla y su obligada autocrítica, aquellos eventos horribles del 71.

Recuerdo que el calificativo no estuvo exento de cierto doble sentido, porque Castro dijo: "Pájaros... de cuenta", con énfasis en la palabra pájaro, que ya sabemos todo lo que esconde, y después una larga pausa para decir "de cuenta".

El tema…
Es, ante todo, una recreación satírica de los años del llamado Quinquenio Gris. Tiene por protagonista a alguien que se llama Virgilio Piñera y es escritor. Pero no necesariamente es el Virgilio que tú supones, y que pasa esa época literalmente "cagándose de miedo", como un montón de otros intelectuales.

En una transgresión de la verdad y la realidad. Yo mismo aparezco en la novela, y también el fantasma de alguien que se llama como mi padre, es decir, Emilio Ballagas.

En Pájaro de cuenta exploro básicamente en qué medida Virgilio fue víctima de la cobardía de sus colegas y amigos, y quizás hasta de su propio narcisismo oportunista. "Algún día se sabrá lo bien que hice en quedarme en Cuba", dice en algún momento Virgilio. Y ya sabemos como acabó.

¿Pero entonces crees que de haber abandonado la Isla sus días finales hubiesen sido distintos?
Los días finales no son buenos para nadie. Pero entre pasarlos en la Calle Ocho hablando mierda, jugando dominó y pensando los libros que escribirás, y pasarlos encerrado en un apartamento en La Habana, a la espera de que la Seguridad del Estado te eche abajo la puerta y te lleve preso, prefiero lo primero, sin pensarlo demasiado.

El filósofo Humberto Piñera, hermano de Virgilio, murió tranquilamente en el exilio, después de dedicar toda una vida a su obra y publicar varios libros que todavía podrás encontrar por ahí, inclusive uno sobre Jean-Paul Sartre. A nadie se le ocurrió jamás vigilarle o meterle en la cárcel.

¿No quería escapar de la 'maldita circunstancia del agua por todas partes'?
¿Quién? ¿Virgilio?

Sí, Virgilio.
Ni idea. No lo traté mucho personalmente. Pero algo te puedo decir: pasó demasiada hambre bajo el capitalismo. Demasiadas humillaciones y desaires. Tenía que empeñar sus trajes para publicar un librito. Aguantarle pesadeces a Pepe Rodríguez Feo para que le ayudara a sostenerse.

Nunca le dieron un premio, un reconocimiento como el que merecía su obra. ¿Te imaginas? Eso incubó mucho resentimiento contra el establishment burgués. Quizás por eso Virgilio, como otros intelectuales, cambió su libertad por el plato de lentejas que el dictador le ofreció después de 1959.

En un texto suyo que anda por ahí, quizás en su autobiografía, no recuerdo bien, Virgilio aseguró que la revolución le había dado nada menos que "carta de naturaleza". Pero lo que le dio, a la postre, fue un pesado dogal que le llevó a la tumba.

En 1964 fuiste miembro del comité de redacción de Ediciones El Puente, ¿qué es 'lo mejor' que hoy recuerdas de aquellos años?
¿Lo mejor? No sé. Quizás el entusiasmo que teníamos por aquel frágil empeño editorial que duró tan poco. Lo importante que todo nos parecía en aquel momento. Lo mucho que discutíamos, debatíamos. Los grandiosos planes que hacíamos, fumando, bebiendo hasta el amanecer, creyéndonos quizás inmortales, como todos los jóvenes. Pero lo más divertido fue encontrarnos con el poeta estadounidense Allen Ginsberg y ver la sonora nalgada que ledio a la heroína revolucionaria Haydée Santamaría en medio de un cóctel muy concurrido en la Casa de las Américas, y todas las correrías y desafíos a la autoridad que compartimos con él durante las semanas que Allen estuvo en Cuba.

¿Y lo peor?
Enterarme de que Fidel Castro había hecho trizas las pruebas de galera de mi libro de cuentos Con temor, en la Plaza Cadenas de la Universidad de La Habana, y decretado allí mismo el fin de las Ediciones [El Puente] con un fatídico "ese puente lo vuelo yo".

¿Te imaginas lo que ese dictum puede significar para un muchachón de 17 años que apenas había empezado a escribir? De repente, me volví invisible. Muchos se partían las patas para no cruzarse conmigo en la calle y no contaminarse. Fue un anticipo, en pequeño, del ostracismo a que me vi sometido cuando salí de la cárcel, más de diez años después.

Un libro de relatos, 'Lástima que no sea el verano', obtuvo una mención de honor en 1967 en el Concurso David, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, pero no fue publicado. ¿Por qué? ¿Qué pasó con el libro?
Mi libro obtuvo un voto para premio en aquel concurso, que fue el primer David, por cierto. Dos de los tres jurados se decantaron por un libro de claro matiz político; el otro, por el mío. Y aunque Lástima que no sea el verano no era ciertamente un libro disidente, ni mucho menos crítico (más bien era un libro pop y jodedor), lo cierto es que desapareció de la UNEAC, y años más tarde, en un cuartico de interrogatorios de Villa Marista, un oficial de la Seguridad del Estado me enseñó el manuscrito como una muestra de mi "actividad enemiga".

Todavía debe seguir en esos siniestros archivos. El jurado que votó por mi libro, Humberto Arenal, estuvo marginado durante muchos años.

Antes de esta entrevista me contaste que visitabas la oficina de José Lezama Lima en el Instituto Literatura y Lingüística. ¿Cómo recuerdas a Lezama? ¿De qué hablaban ustedes?
Lo recuerdo como un personaje sublime y singular. Un gordo feliz y filosófico. Pese a que supongo que tenía un montón de otras cosas que hacer, nunca pretextó algo que impidiera o limitara una de aquellas visitas improvisadas a media tarde.

Es bueno decir que en ocasiones le llevaba tabacos, que él disfrutaba mucho y estaban estrictamente racionados. Así que, quizás con tal de fumar, accedía a tolerar la presencia en su despacho de aquel petimetre insustancial y adolescente que yo era en aquel entonces.

En cuanto a hablar, Lezama era el único que conversaba, porque yo, ¿qué le iba a decir? Me quedaba atontado, oyéndole pontificar durante horas, con su aliento asmático y su peculiar ritmo de conversación, sobre aporías eleáticas y otras lindezas clásicas que, por más que quisiera, no podría ahora repetir.

Eso sí, con Lezama siempre me pasaba lo mismo que con Pablo Neruda: de solo oírles hablar uno sabía quiénes eran. Nunca he conocido dos voces, dos maneras de hablar, más unidas a dos personas.

En 1973 fuiste arrestado y condenado a la cárcel bajo cargos de 'diversionismo ideológico', ¿qué era lo que escribías que resultaba un delito para pedirte doce años de cárcel, aunque acabaron condenándote a seis?
Bueno, mi sentencia a prisión me acusaba de escribir cuentos, poemas, novelas, artículos y otros escritos criticando leyes, medidas, disposiciones, métodos y dirigentes de la revolución cubana. Por ahí anda una copia de la sentencia, que colgué en internet... Y pese a que en el minucioso registro que hicieron en mi casa no encontraron algo semejante a Doctor Zhivago o Archipiélago Gulag, el gobierno revolucionario y sus órganos represivos tuvieron a bien meterme en la cárcel.

¿Por qué? No sabría decirte. Visto en perspectiva, creo que en aquel entonces lo que quería la dirigencia era infundir terror en las capas intelectuales, hacerlas cagarse de miedo, como digo en mi novela. No me lo explico de otra manera, como tampoco me explico a estas alturas por qué Padilla tuvo que ir preso por Fuera del juego. El poder absoluto es siempre arbitrario.

Volviendo al tema de tu nuevo libro, ¿por qué decides escribir esta novela?
Creo que nadie puede decir a ciencia cierta por qué escribe un libro. Hay tantas otras cosas útiles que hacer. Pero puedo decirte que éste no se parece en nada a mi anterior novela, cuyo protagonista es un emigrado o exiliado, alguien de una patria elíptica en todo caso, en un contexto foráneo.

Los de este nuevo libro eran, sencillamente, personajes, situaciones y anécdotas de Cuba que me rondaban desde hacía tiempo, y se me antojó que un libro como Pájaro de cuenta podía ser una forma curiosa de transgresión. Mentir como saben mentir los escritores, con la ficción. Pero mentir para revelar verdades que muchos se empeñan en ocultar, en este caso sobre el llamado Quinquenio Gris y sus protagonistas.

¿Te imaginas peor escamoteo que llamar quinquenio gris a un período tan largo y tan negro? ¿Hacerle un desagravio nacional a Virgilio Piñera mientras un disidente muere en huelga de hambre y en las calles apalean a las Damas de Blanco?

Virgilio dijo una vez que la literatura era "un chisme colosal". Pues bien, éste es mi chisme, un chisme contra los otros chismes. No sé si es colosal, pero es mío.

Los personajes llevan los mismos nombres de figuras conocidas y relacionadas con aquel período…
Algunos nombres han sido alterados levemente, ni siquiera sé por qué. La mayoría de ellos corresponden a personajes de la vida real y mi primera intención fue poner a esos personajes reales en situaciones más o menos ficticias. Pero a medida que avanzaba en la escritura del libro me fui dando cuenta de que el resultado era algo mejor aún: la caricatura, la sátira de unos personajes asustados, paralizados por el espanto, y un período siniestro.

Ni Virgilio ni Pepe Rodríguez Feo se comportaban precisamente así, ni hablaban tantas tonterías en la vida real, estoy seguro.

Yo tampoco me hacía llamar Nolo, Manolo, pero es verdad que en cierta época empezaron a confundirme en la calle con Silvio Rodríguez, y que estoy casado desde entonces con una gran artista, Juanita Baró.

Lo que también es verdad, la verdad que esgrimo a fin de cuentas, es que muchos fueron los cómplices, voluntarios o involuntarios, de la persecución y muerte de Virgilio Piñera... inclusive él mismo.

Sé que al fallecer tu padre, tendrías unos seis años de edad… pero, ¿existe alguna imagen o grato recuerdo de aquellos años en tu memoria?
Claro que sí. Mi padre fue un ser humano extraordinario, y lo que más lamento es haberlo conocido por tan breve tiempo y con tan poca edad. Conservo, eso sí, gratos pero vagos recuerdos de mi papá.

Me tenía convencido, por ejemplo, de que todos los poetas disponían de un caballo alado y que me llevaría a pasear en él en cualquier momento. Una vez, por mi cumpleaños, me regaló un pomito lleno de fascinantes cocuyos, que liberamos en la sala de nuestra casa.

En otra ocasión, cuando manifesté asombro por los hermosos objetos que adornaban la mansión del poeta Gastón Baquero, mi padre me explicó tranquilamente que Gastón tenía una lámpara maravillosa, de la cual provenían todos sus lujos. Quizás por esa razón, durante cierto tiempo, yo me imaginé a Baquero vestido de árabe, con turbante y todo.

Mi padre podía ser así. A diferencia de algunos literatos, que al morir dejaron tras sí una larga estela de rencores y disgustos, Emilio Ballagas cosechó muchos amigos y excelentes relaciones humanas durante su corta vida.

Bondadoso, humorista, conversador, generoso: así me lo han descrito quienes le conocieron mejor que yo. También tuvo enemigos, ya se sabe. Pero han sido unos pocos envidiosos.

¿Por qué?
Nunca se alcanza tanto reconocimiento en vida, y en una vida, además, tan corta, sin que los resentidos y envidiosos te hagan depositario de su bilis. Al cubano le cuesta mucho, no sé por qué, reconocer méritos ajenos. Ya tú sabes: si tú eres, yo no soy.

Mi padre ganó el Premio Nacional de Poesía, además de aquel premio especial por su libro de décimas a José Martí, ambos poco antes de morir. Un soneto suyo, "Fuente colonial", estaba antologado como uno de los mejores de la lengua castellana. Y oye, no había cumplido aún 45 años.

Nadie logra eso entre nosotros impunemente. Todavía a comienzos de los 80, José Ángel Buesa, en una entrevista con el Miami Herald, afirmaba que mi padre era un plagiario, que "lo copiaba todo". La realidad es que uno de los poemitas más famosos de Buesa, ese de "pasarás por mi vida sin saber que pasaste", era prácticamente una traducción de un viejo poema romántico francés.

El propio Virgilio nunca se sobrepuso a la escasa atención que Emilio Ballagas le prestó a él y a su obra. Quizás por eso la única pieza de correspondencia de Virgilio que encontré entre la copiosa papelería de mi padre fue una cartica de tres líneas en que Virgilio se lamentaba de que mi padre no le había dado "ni las gracias corteses" por el ejemplar de Las Furias que le había enviado poco antes.

Mi padre había presillado la carta a aquel librito, dentro del cual había subrayado solo un verso, que decía: "Crujientes crótalos cremosos crecían". Y por todo comentario, al lado de este verso, había escrito un lapidario "¡Croñó!".

¡Qué suerte que Virgilio nunca pudo leer aquello! De todas formas, el saldo de amistades para mi padre fue siempre superior al de sus enemigos. Eso me infunde esperanzas. Quizás algún día lleguemos a ser capaces de admirarnos sin sentirnos disminuidos.

Y una última pregunta, de los poemas de Emilio Ballagas, es decir, de los poemas escritos por tu padre, ¿tienes alguno preferido?
De mi padre, mi poema favorito es "De otro modo", sobre lo arduo, e imposible, de enfrentar las eternas convenciones del mundo. Además de poema hermoso al oído, es un verdadero canto a la inconformidad. Un llamado, creo, a esa lucha imposible de un ser humano pensante contra las eternas convenciones.

(entrevista publicada en http://www.diariodecuba.com)